La noche más larga (Anfitrión)

Ayer por la noche se me invitó a hacer un ritual, bajo la luz de la Luna, para pedir a la magia de la noche más larga del año el cumplimiento de mis más añorados deseos.

El mero hecho de ponerme a reflexionar sobre mis más profundos anhelos fue un problema; ¿hay que sentir culpa por no saber lo que uno quiere?, o, peor, ¿hay alguna culpa en pedir lo que uno no debe?

Recordé, tan pronto como me fue hecha la invitación, que los griegos (y los romanos) siempre tienen alguna alegoría mítica para estos fenómenos astronómicos. Recordé a Anfitrión, de Plauto, la noche más larga del mundo.

¿Qué es lo que desean los hombres en comparación con los deseos de los dioses?, ¿cuántos de nosotros habrían actuado como Júpiter si hubieran tenido la oportunidad? Yo, sin dudarlo, lo hubiera hecho la noche anterior, y tal vez sólo con eso me hubiera sentido bendito para siempre.

Sólo un dios pudo cumplir su más íntimo deseo y alargar la obscuridad de la noche para poder disfrutarlo.

Anfitrión

Imaginemos que estamos sentados en la gradas de un teatro romano (emulando a uno griego), entonces se nos situaría en Tebas, en donde un rey, Anfitrión, está a punto de ir a la guerra. Éste héroe de guerra estaba casado con una hermosa mujer, casi erudita, casi única y casi casta: Alcmena. Como es de esperarse -y no es que la mitología clásica sea repetitiva-, en este mundo en que los dioses y los hombres compartían más que los templos, el deseo del más apasionado de los olímpicos se vio aprendido por esta mortal. El método esta vez fue probablemente el más inusual: no habría de convertirse en cisne como con Leda, ni en toro como con Europa, esta consumación habría de corromper al orbe completo.

En escena, habríamos visto a Anfitrión, quien habiendo partido a una victoriosa expedición le daría la oportunidad a Júpiter para acercarse a Alcmena con sólo una limitante: el tiempo; cuenta solamente con una noche para hacerlo.

Una noche puede ser “todo” para alguien mientras que para otro puede ser sólo el final de un día más. Para Júpiter, el amante, esa noche lo era todo.

No quisiera hacer un resumen que saciara su inquietud por conocer los detalles y entonces no acudieran al mismo Plauto para conocer la anécdota, pero las cosas fueron de este modo (si quieren seguir imaginándolo en escena será aún más divertido):

Júpiter, al ver que Anfitrión había dejado el palacio, ordena a Mercurio que tome la forma de Sosia, esclavo del rey, y que anuncie a su esposa que éste había vuelto. Mercurio no pudo haber actuado mejor a Sosias, tanto que Alcmena y hasta el esclavo mismo se ven convencidos de la autenticidad del interpretado por el dios; éste conoce detalles de su vida aún mejor que quien los había vivido. ¿Quién soy yo entonces?, es una de las últimas interrogantes del esclavo.

Júpiter, quien ha tomado la forma de Anfitrión (aunque seguramente las ganas, la pasión y los modos del amante superen siempre a los del legítimo) está con Alcmena en la alcoba, teniendo para sí al objeto de sus pasiones, y, ¿qué otro deseo podría pedir un amante en una noche así? Uno que sólo Júpiter podría: hacer de esa noche la noche más larga.

Al terminar esa larga noche Júpiter se despide dejándole a Alcmena una copa de oro. Cuando regresa Anfitrión él también se siente confundido, no importa que Alcmena le jure que tuvo con él, éste no recuerda haber abandonado su nave en toda la noche. El marido considera que ha perdido la razón cuando ella le narra el desarrollo de las batallas en las que participó y que él mismo le había contado durante la noche. Cuando Alcmena le muestra la copa de oro él muestra una idéntica que pretendía regalarle.
Júpiter toma nuevamente el aspecto de Anfitrión y se presenta ante Aclmena. Le dice que todo no ha sido más que una broma para probar su fidelidad. Sin embargo en un descuido, el verdadero rey logra entrar en el cuarto y los dos Anfitriones se encuentran frente a frente sin que ninguno de los compañeros de guerra pueda determinar quien de ellos es el verdadero.

El final…

Recordemos, que la semilla de los dioses pega a la primera y que los tiempos divinos son caprichosos: Aclmena siente los primeros dolores del parto y mientras Júpiter funge como partera el verdadero Anfitrión cae desmayado. Alcmena ha parido dos niños, el primero de un vigor extraordinario (Hércules), el otro un mortal.

 

Desconozco si griegos y romanos idearon este mito precisamente en la noche más larga del año (la del 21 de diciembre), lo que sé de cierto es que los deseos de los dioses, aunque mundanos, siempre han sido más placenteros que los nuestros.

Suicidas ideales

Referirse al suicidio no es sencillo si uno lo ha vivido de cerca; no pretendo hacer una afrenta de ello. Creo que todos, en diferentes momentos, hemos tenido ganas de morir, ya sea buscando alivio, olvido, perdón, incluso algo de protagonismo.

Hace unas horas encontré a un señor al que yo no había reconocido como mi amigo, me contó que su hija había muerto y después lloró inmóvil frente a mí durante un par de interminables minutos. Es difícil ver a un hombre casado con la felicidad desplomarse así.

No quise preguntar ningún detalle, la noticia me impactó. Me hizo recordar a la muerte, a mis padres y a mi hija.

Espero que este viejo amigo encuentre rápido un consuelo. No quiero ni siquiera ponerme a especular sobre la causa del fallecimiento de la chica.

Quiero compartir esta noticia y este poema para acolchonar un poco este impacto. Comparto este poema esperando que todos seamos este tipo de suicidas, no más.

 

Suicidas ideales

Aseguran con llave la puerta.

Toman sus viejas y guardadas cartas.

Leen tranquilos y después arrastran

por última vez sus pasos.

 

Se asoman a la ventana, miran

los árboles, los niños, la naturaleza,

los marmolistas que martillan,

el sol que para siempre va a ocultarse.

 

Su vida fue, dicen, una tragedia.

“Dios mío, qué horrible la risa de los hombres,

las lágrimas, el sudor; la nostalgia

del cielo y la desolación de la tierra.”

 

Todo acabó… Y dejan la nota,

breve, simple, honda, como se debe,

llena de indiferencia y perdón

para el que la leerá llorando.

 

Miran la hora. Miran el espejo

y se preguntan si es un error o una locura.

“Todo se acabó…”, murmuran, “ahora…”

(seguros, en el fondo, de que no van a matarse).

 

Kostas Kariotakis

(1896-1928)