Tu muerte

deja que las horas pasen sin sentirlas

vuelve a remarcar tus lastimosos pasos

sin entregarte a los plazos forzosos

todos los días son arena

 

todos ellos son de muerte

 

podríamos haber deambulado en atentados

sobrevivido a guerras enteras

y en esos momentos de peligro inminente

hubiéramos resistido riendo entre escombros

 

todos ellos son de muerte

 

no te concentres en el tiempo

en putíferos granos de campos refugiados

en arrogantes segundos náufragos

o en instantes vanamente gloriosos

 

todos ellos son de muerte

 

no nos permitamos salvar el presente

vaciando voces rencorosas

porque decir lo que se siente

antes de que llegue

 

es siempre de muerte

 

no hay apuro

lo que importa es hacer valer esto

fabricar instantes como enfermos maduros

como locos acorazadamente rabiosos

 

todos somos de muerte

 

si vinieras conmigo verías

que en el camino de proa a popa

bailando sobre el mar y la tormenta

apenas y se sienten las horas

 

todas ellas son de muerte

 

ahí me contarías otra vez tu vida

antes de irte

porque nadie la sabe como tú

y nadie jamás te ha escuchado como yo

 

toda ella fue de muerte

 

veríamos nuestras irrevocables sombras

grabadas sobre la arena de un atlas

y escribiría el anticuario maniático:

“Los bravos del odio

del azar y de la nada”

 

“Ellos dos son de muerte”

 

tempus fugit y desperdiciado

ahora te veré ir arrastrado

y yo me soñaré diciéndote cosas

desde el letargo de un niño ilusionado

 

que también espera su muerte

 

El séquito sensualmente adoctrinado

 

por las avenidas alamedas de Reforma

entre causarinas y tronadas sendas

los coros sensuales de Dioniso lo acompañan

ocultando la deshonra de ser hombres

tras máscaras de héroes

putrefactos

 

esquivan ciclistas noctámbulos que corren

esparciendo en cada semáforo

la pútida embriaguez

sin voltear a ver el falo forjado

en el rayo semental

y obsceno

 

tirso antes extáticamente reconocido

sólo la diana y el ángel

honran y veneran tus ritos de danza

y de ese movimiento

transtornado

de los labios

 

nadie la vive

pero la noche de la tragedia es el íntimo momento

en que el dios y sus fanáticos

deberían jugar

desflorados

 

en vano los coros cantaron

vacías las máscaras trágicas

se desgarraron en gritos

y perforaron frenéticamente

sus ojos

vacíos

 

esta vez las abandonadas gradas gimieron

porque ahora todos persiguen

a la diosa felicidad

a la mujer subterránea

esta hembra citadina que hiede

más que el mismo Dioniso

a la asfixiada saliva de la vid

resucitada

 

mientras el séquito de los muslos pálidos

lo pasa de largo en hipsterianas vías

el dios-néctar

no oculta su ferocidad en los bares

y en las plutónicas callejuelas

de la divina hasta hartar

zona rosa

 

nadie lo vió soplando la vida de boca en boca

ni penetrando y sanando heridas

porque para los enfermos

él no es más que otra de las pasajeras locas

tejedoras de mantos

 

mientras

la enfermiza mujer tántrica

que promete el defeño goce

se llevó a todos a su templo-lecho

de húmedo enigmático misterio

promesa de un paraíso

sensualmente adoctrinado

Buenos días, Diana cazadora, Efraín Huerta

Muy buenos días, laurel, muy buenos días, metal, bruma y silencio.
Desde el alba te veo, grandiosa espiga, persiguiendo a la niebla,
y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño.
Olaguíbel te dio la perfección del vuelo y el inefable encanto de estar quieta,
serena, rodilla al aire y senos hacia siempre, como pétalos
que se hubiesen caldo, mansamente, de la espléndida rosa de toda adolescencia.
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