Sexoterapia

Usted no sienta nada

sin importar que en la mañana
tenga unos labios garabateados
en la piel y en la almohada
no sienta nada

bébase la noche como vaso de agua

déle vacaciones a la melancolía
duerma con usted y con el otro
(o la otra)
para que al despertar
por fin pueda estar solo

guarde en el pastillero sus pocas virtudes
empaque las fotos castas de la infancia
enmudezca las canciones de cuna
¿me comprende?

esconda esos mástiles de Ulises
hasta la siguiente mañana
y entréguese a las sirenas
sin siquiera notar si son alas o escamas

¿cómo amar por la noche

sin pedir más? Escuche:

el amor siempre fue mandato
nunca se rebajó a ser súplica

confíe en mí y no sentirá nada

ni ella ni usted mentirán
ni él ni usted querrán volver
con la moral y sentimientos escondidos
sólo lo inhóspito habitará entre ustedes

a la mañana siguiente disfrutará el silencio
¿no es eso por lo que está aquí sentado?
¿porque no sabe estar solo?

si usted fuma,
hágalo libremente al amanecer
disfrute su hazaña vil de esa noche
y, si así lo requiere
converse con sus ceniza

Buenos días, Diana cazadora, Efraín Huerta

Muy buenos días, laurel, muy buenos días, metal, bruma y silencio.
Desde el alba te veo, grandiosa espiga, persiguiendo a la niebla,
y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño.
Olaguíbel te dio la perfección del vuelo y el inefable encanto de estar quieta,
serena, rodilla al aire y senos hacia siempre, como pétalos
que se hubiesen caldo, mansamente, de la espléndida rosa de toda adolescencia.
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¿Cuál es la mujer que recordamos?, Bonifaz Nuño

 ¿Cuál es la mujer que recordamos
al mirar los pechos de la vecina
de camión; a quién espera el hueco
lugar que está al lado nuestro, en el cine?

¿A quién pertenece el oído
que oirá la palabra más escondida
que somos, de quién es la cabeza
que a nuestro costado nace entre sueños?

Hay veces que ya no puedo con tanta
tristeza, y entonces te recuerdo.
Pero no eres tú. Nacieron cansados
nuestro largo amor y nuestros breves
amores; los cuatro besos y las cuatro
citas que tuvimos. Estamos tristes.

Juntos inventamos un concierto
para desventura y orquesta, y fuimos
a escucharlo serios, solemnes,
y nada entendimos. Estamos solos.

Tú nunca sabrás, estoy cierto,
que escribí estos versos para ti sola;
pero en ti pensé al hacerlos. Son tuyos.

Ustedes perdonen. Por un momento
olvidé con quién estaba hablando.
Y no sentí el golpe de mi ventana
al cerrarse. Estaba en otra parte.

Toledo, Juderías