Buenos días, Diana cazadora, Efraín Huerta

Muy buenos días, laurel, muy buenos días, metal, bruma y silencio.
Desde el alba te veo, grandiosa espiga, persiguiendo a la niebla,
y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño.
Olaguíbel te dio la perfección del vuelo y el inefable encanto de estar quieta,
serena, rodilla al aire y senos hacia siempre, como pétalos
que se hubiesen caldo, mansamente, de la espléndida rosa de toda adolescencia.
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Préveza, Kostas Karyotakis

Muerte son los pájaros que chocan

contra los negros muros y los techos,

muerte las mujeres que hacen el amor

como si pelaran cebollas.

Muerte las sucias, insignificantes calles

con sus ilustres y pomposos nombres,

los olivos, el mar en torno, y aún

el sol, muerte entre los muertos.

 

Muerte el inspector que verifica,

en la balanza, una porción incompleta,

muerte los nardos en el balcón

y el maestro con el diario.

 

Base, Guarnición, Regimiento de Préveza.

El domingo escucharemos la banda.

Abrí una cuenta en el Banco,

primer depósito: treinta dracmas.

 

Caminando lentamente hasta el muelle,

“¿existo?”, digo, y luego: “¡no existo!”.

Llega el barco. Izaron la bandera.

Quizás viene el señor Prefecto.

 

Si al menos, entre estos hombres,

uno muriera de aburrimiento…

Silenciosos, apesadumbrados, con modos graves,

todos nos divertiríamos en su entierro.

 

 

(Tomado de https://asgoped.files.wordpress.com/2012/09/poesia-griega_pdf.pdf)

maranasati a las tres

Muerte son los pájaros que chocan
contra los negros muros y los techos,

muerte las mujeres que hacen el amor

como si pelaran cebollas.

Muerte las sucias, insignificantes calles

con sus ilustres y pomposos nombres,

los olivos, el mar en torno, y aún

el sol, muerte entre los muertos.

Muerte el inspector que verifica,

en la balanza, una porción incompleta,

muerte los nardos en el balcón

y el maestro con el diario.

Base, Guarnición, Regimiento de Préveza.

El domingo escucharemos la banda.

Abrí una cuenta en el Banco,

primer depósito: treinta dracmas.

Caminando lentamente hasta el muelle,

“¿existo?”, digo, y luego: “¡no existo!”.

Llega el barco. Izaron la bandera.

Quizás viene el señor Prefecto.

Si al menos, entre estos hombres,

uno muriera de aburrimiento…

Silenciosos, apesadumbrados, con modos graves,

todos nos divertiríamos en su entierro.

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¿Cuál es la mujer que recordamos?, Bonifaz Nuño

 ¿Cuál es la mujer que recordamos
al mirar los pechos de la vecina
de camión; a quién espera el hueco
lugar que está al lado nuestro, en el cine?

¿A quién pertenece el oído
que oirá la palabra más escondida
que somos, de quién es la cabeza
que a nuestro costado nace entre sueños?

Hay veces que ya no puedo con tanta
tristeza, y entonces te recuerdo.
Pero no eres tú. Nacieron cansados
nuestro largo amor y nuestros breves
amores; los cuatro besos y las cuatro
citas que tuvimos. Estamos tristes.

Juntos inventamos un concierto
para desventura y orquesta, y fuimos
a escucharlo serios, solemnes,
y nada entendimos. Estamos solos.

Tú nunca sabrás, estoy cierto,
que escribí estos versos para ti sola;
pero en ti pensé al hacerlos. Son tuyos.

Ustedes perdonen. Por un momento
olvidé con quién estaba hablando.
Y no sentí el golpe de mi ventana
al cerrarse. Estaba en otra parte.

Toledo, Juderías

Seferis, Grecia me hiere

Dondequiera que viajo Grecia me hiere,
cortinas de montañas archipiélagos granito vivo…
El barco en que viajo llama AG-ONÍA 937.

En Pilion, entre los castaños, la túnica del Centauro

deslizábase entre el ramaje para envolver mi cuerpo,

mientras subía a la rampa y el mar me seguía

trepando él también como el mercurio de un termómetro,

hasta que encontramos las aguas de la montaña.

En Santorini, rozando las islas que se hundieron,
escuchando sonar una flauta entre las piedras pómez,
una flecha súbitamente lanzada
desde los confines de una juventud desaparecida
se clavó en mi mano.

En Micenas he levantado las grandes piedras y los tesoros de los Atridas.
Dormí al lado de ellos en el hotel de “La Bella Helena de Menelao”
y sólo desaparecieron al alba, cuando cantó Casandra,
con un gallo suspendido de su negra garganta.

En Spetsas, en Poros y en Miconos,
las barcarolas me laceraron.
¿Qué quieren aquellos que creen encontrarse
en Atenas o en el Pireo?
Uno que viene de Salamina le pregunta a otro: “No viene usted de la plaza Omonia?”
“- No – responde éste satisfecho – , yo vengo de la plaza Syntagma,
me encontré con Yannis y me pagó un helado”.

Entretanto, Grecia viaja.
Nosotros lo ignoramos, ignoramos también que, todos somos marineros sin empleo,
así como ignoramos cuán amargo es el puerto cuando los navíos han zarpado.
Y nos mofamos de aquellos que lo sienten.

¡Chusca gente! Creen que están en el Ática y no están en ninguna parte.
Compran confites para casarse, 
llevan en las manos “lociones capilares” y se hacen fotografiar,
como el hombre que hoy he visto
sentado frente a un telón de fondo con flores y palomas
que dejaba que la mano del viejo fotógrafo
le alisara las arrugas que marcaron en su rostro todos los pájaros del cielo.

Entretanto, Grecia viaja siempre,
y si vemos “el mar Egeo florecido de cadáveres”
son los que quisieron, nadando,
    alcanzar el enorme navío;
los de los que estaban hartos de esperar los navíos que ya no zarpan,
el Elsi, el Samotracia, el Ambracicos.

Ahora que el Pireo se oscurece, los barcos pitan,
pitan sin cesar, pero ningún cabestrante se mueve,
ninguna cadena mojada ha cabrilleado con el último resplandor del sol que declina;
el capitán, emperifollado de oro y plata, permanece clavado en su puesto.

Dondequiera que viaje
Grecia me hiere.
Cortinas de montañas, archipiélagos, granitos desnudos.
El navío que avanza se llama Ag-onía 937.

                                                (A bordo del “Aulis”, aguardando el instante de levantar las velas)

                                                Verano de 1936

Tomado de http://elpoetaocasional.blogspot.mx/2010_10_01_archive.html?m=1