Nadie sale, Bonifaz Nuño

Nadie sale. Parece que cuando llueve en México, lo único posible es encerrarse desajustadamente en guerra mínima, a pensar los ochenta minutos de la hora en que es hora de lágrimas. En que es el tiempo de ponerse, encenizado de colillas fúnebres, a velar con cerillos algún recuerdo ya cadáver; tiempo de aclimatarse al ejercicio … Continúa leyendo Nadie sale, Bonifaz Nuño

Sybilla, Petronio

Nam Sibyllam quidem Cumis ego ipse oculis meis vidi in ampulla pendere, et cum illi pueri dicerent: Σίβυλλα τί θέλεις; respondebat illa: ἀποθανεῖν θέλω. Pues a la Sibila, ciertamente, de Cumas, yo mismo con mis ojos vi, que en una anforita pendía, y cuando a ella los niños le dijeran, Σίβυλλα τί θέλεις; (Sibila, ¿qué … Continúa leyendo Sybilla, Petronio

El mediterráneo, Pérez-Reverte

Me gusta el Mediterráneo porque para mí es navegar por la historia. Echas el ancla a la vista de un templo romano, buceas junto a un fragmento de ánfora fenicia, los dioses viven por aquí, se pueden ver esos atardeceres homéricos... es la felicidad. Tomado de http://www.icorso.com/epdb/ARTICULOS/10.htm  

¿Luego qué?, de W. B. Yeats

Sus camaradas pensaron en la escuela que llegaría a ser famoso. Él pensó lo mismo y vivió bajo la regla, todos sus veintes repletos de labor, ¿Luego qué?, cantó el fantasma de Platón, ¿luego qué?   Se leyó todo lo que él escribió. Después de algunos años obtuvo suficiente dinero para su haber y amigos … Continúa leyendo ¿Luego qué?, de W. B. Yeats

En la sala de lecturas del infierno, Bolaño

En la sala de lecturas del Infierno      En el club de aficionados a la ciencia-ficción En los patios escarchados      En los dormitorios de tránsito En los caminos de hielo      Cuando ya todo parece más claro Y cada instante es mejor y menos importante Con un cigarrillo en la boca … Continúa leyendo En la sala de lecturas del infierno, Bolaño

Buenos días, Diana cazadora, Efraín Huerta

Muy buenos días, laurel, muy buenos días, metal, bruma y silencio. Desde el alba te veo, grandiosa espiga, persiguiendo a la niebla, y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño. Olaguíbel te dio la perfección del vuelo y el inefable encanto de estar quieta, serena, rodilla al aire y senos hacia siempre, como … Continúa leyendo Buenos días, Diana cazadora, Efraín Huerta

Préveza, Kostas Karyotakis

Muerte son los pájaros que chocan

contra los negros muros y los techos,

muerte las mujeres que hacen el amor

como si pelaran cebollas.

Muerte las sucias, insignificantes calles

con sus ilustres y pomposos nombres,

los olivos, el mar en torno, y aún

el sol, muerte entre los muertos.

 

Muerte el inspector que verifica,

en la balanza, una porción incompleta,

muerte los nardos en el balcón

y el maestro con el diario.

 

Base, Guarnición, Regimiento de Préveza.

El domingo escucharemos la banda.

Abrí una cuenta en el Banco,

primer depósito: treinta dracmas.

 

Caminando lentamente hasta el muelle,

“¿existo?”, digo, y luego: “¡no existo!”.

Llega el barco. Izaron la bandera.

Quizás viene el señor Prefecto.

 

Si al menos, entre estos hombres,

uno muriera de aburrimiento…

Silenciosos, apesadumbrados, con modos graves,

todos nos divertiríamos en su entierro.

 

 

(Tomado de https://asgoped.files.wordpress.com/2012/09/poesia-griega_pdf.pdf)

maranasati a las tres

Muerte son los pájaros que chocan
contra los negros muros y los techos,

muerte las mujeres que hacen el amor

como si pelaran cebollas.

Muerte las sucias, insignificantes calles

con sus ilustres y pomposos nombres,

los olivos, el mar en torno, y aún

el sol, muerte entre los muertos.

Muerte el inspector que verifica,

en la balanza, una porción incompleta,

muerte los nardos en el balcón

y el maestro con el diario.

Base, Guarnición, Regimiento de Préveza.

El domingo escucharemos la banda.

Abrí una cuenta en el Banco,

primer depósito: treinta dracmas.

Caminando lentamente hasta el muelle,

“¿existo?”, digo, y luego: “¡no existo!”.

Llega el barco. Izaron la bandera.

Quizás viene el señor Prefecto.

Si al menos, entre estos hombres,

uno muriera de aburrimiento…

Silenciosos, apesadumbrados, con modos graves,

todos nos divertiríamos en su entierro.

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