Seferis, Grecia me hiere

Dondequiera que viajo Grecia me hiere,
cortinas de montañas archipiélagos granito vivo…
El barco en que viajo llama AG-ONÍA 937.

En Pilion, entre los castaños, la túnica del Centauro

deslizábase entre el ramaje para envolver mi cuerpo,

mientras subía a la rampa y el mar me seguía

trepando él también como el mercurio de un termómetro,

hasta que encontramos las aguas de la montaña.

En Santorini, rozando las islas que se hundieron,
escuchando sonar una flauta entre las piedras pómez,
una flecha súbitamente lanzada
desde los confines de una juventud desaparecida
se clavó en mi mano.

En Micenas he levantado las grandes piedras y los tesoros de los Atridas.
Dormí al lado de ellos en el hotel de “La Bella Helena de Menelao”
y sólo desaparecieron al alba, cuando cantó Casandra,
con un gallo suspendido de su negra garganta.

En Spetsas, en Poros y en Miconos,
las barcarolas me laceraron.
¿Qué quieren aquellos que creen encontrarse
en Atenas o en el Pireo?
Uno que viene de Salamina le pregunta a otro: “No viene usted de la plaza Omonia?”
“- No – responde éste satisfecho – , yo vengo de la plaza Syntagma,
me encontré con Yannis y me pagó un helado”.

Entretanto, Grecia viaja.
Nosotros lo ignoramos, ignoramos también que, todos somos marineros sin empleo,
así como ignoramos cuán amargo es el puerto cuando los navíos han zarpado.
Y nos mofamos de aquellos que lo sienten.

¡Chusca gente! Creen que están en el Ática y no están en ninguna parte.
Compran confites para casarse, 
llevan en las manos “lociones capilares” y se hacen fotografiar,
como el hombre que hoy he visto
sentado frente a un telón de fondo con flores y palomas
que dejaba que la mano del viejo fotógrafo
le alisara las arrugas que marcaron en su rostro todos los pájaros del cielo.

Entretanto, Grecia viaja siempre,
y si vemos “el mar Egeo florecido de cadáveres”
son los que quisieron, nadando,
    alcanzar el enorme navío;
los de los que estaban hartos de esperar los navíos que ya no zarpan,
el Elsi, el Samotracia, el Ambracicos.

Ahora que el Pireo se oscurece, los barcos pitan,
pitan sin cesar, pero ningún cabestrante se mueve,
ninguna cadena mojada ha cabrilleado con el último resplandor del sol que declina;
el capitán, emperifollado de oro y plata, permanece clavado en su puesto.

Dondequiera que viaje
Grecia me hiere.
Cortinas de montañas, archipiélagos, granitos desnudos.
El navío que avanza se llama Ag-onía 937.

                                                (A bordo del “Aulis”, aguardando el instante de levantar las velas)

                                                Verano de 1936

Tomado de http://elpoetaocasional.blogspot.mx/2010_10_01_archive.html?m=1

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