Las fiestas por el rapto de Europa, mayo 14

Dentro de las fiestas del calendario romano, un día antes de los Idus de mayo se celebraba la fiesta de Europa. Ésta era de suma importancia, pues se celebraba nada menos que el nacimiento de Europa como territorio (la tercera parte del mundo conocido).

 

Vale poco la pena parafrasear el mito cuando Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía) ya lo hizo con tan aguda eficiencia. Por lo que les dejo aquí, una de las fuentes clásicas (Ovidio, Fastos) y el extracto del libro del italiano.

Júpiter, en figura de toro, ofreció su lomo a la muchacha tiria y llevó falsos cuernos en la frente. Ella sujetaba con la derecha la crin del toro y con la izquierda su capa, y el propio miedo le prestaba un extraño atractivo. El viento le abombaba el regazo, el viento agitaba su cabellera rubia. Muchas veces encogió sobre el agua sus pies de niña y temió el contacto del agua que salpicaba; muchas veces el dios prudente agachó hasta el agua su lomo para que ella pudiese agarrarse más fuertemente a su cuello. Al arribar a la playa se puso de pie Júpiter sin ninguna clase de cuernos, transformándose de toro en dios. El toro pasó al cielo; a ti, muchacha sidonia, te dejó embarazada Júpiter y la tercera parte de la tierra lleva tu nombre.

Ovidio, Fastos, V, 605 y ss

 

 

EXTRACTO

En la playa de Sidón un toro intentaba imitar un gorjeo amoroso. Era Zeus. Se sintió sacudido por un escalofrío, como cuando le picaban los tábanos. Pero esta vez era un escalofrío dulce. Eros le estaba colocando sobre la grupa a la joven Europa. Después la bestia blanca se arrojó al agua, y su cuerpo imponente emergía lo suficiente para que la joven no se mojara. Muchos lo vieron. Tritón, con su concha sonora, replicó al mugido nupcial. Europa, temblorosa, se sostenía agarrada de uno de los largos cuernos del toro. Les vio también Bóreas, mientras surcaban las aguas. Malicioso y celoso, silbó a la vista de aquellos tiernos senos que su soplo descubría. Atenea enrojeció al espiar desde lo alto a su padre cabalgado por una mujer. También un marinero aqueo les vio, y palideció. ¿Quizá era Tetis, curiosa de ver el cielo? ¿O sólo una Nereida, por una vez vestida? ¿O Poseidón falaz había raptado a otra muchacha?

Europa, mientras tanto, no veía el final de aquella loca travesía. Pero imaginaba su suerte, cuando hubieran recuperado la tierra firme. Y lanzó un mensaje a los vientos y a las aguas: “Decid a mi padre que Europa ha abandonado su tierra en la grupa de un toro, mi raptor, mi marinero, mi -supongo- futuro compañero de cama. Entregad, por favor, este collar a mi madre.” Estaba a punto de invocar también a Bóreas para que la alzara con sus alas, como había hecho con su esposa, la ateniense Oritía. Pero se mordió la lengua: ¿por qué pasar de un raptor a otro?

 

Pero ¿cómo había comenzado todo? Un grupo de muchachas jugaba junto a un río, recogiendo flores. Muchas otras veces una escena semejante había resultado irresistible para los dioses. Perséfone fue raptada “mientras jugaba con las jóvenes del seno profundo” y recogía rosas, azafranes, violetas, iris, jacintos, narcisos. Sobre todo el narciso, “prodigiosa flor radiante, venerable a la vista, aquella vez, para todos, para los dioses inmortales y para los hombres mortales”.

Y Talía fue atrapada por Zeus en forma de águila mientras jugaba a pelota entre las flores en una montaña. Y Creúsa sintió sus muñecas asidas por las manos de Apolo mientras recogía flores de azafrán en las laderas de la acrópolis de Atenas. También Europa y sus amigas estaban recogiendo narcisos, jacintos, violetas, rosas, tomillo.

De repente se vieron cercadas por una manada de toros. Entre ellos uno de una blancura deslumbrante, con pequeños cuernos, que parecían gemas relucientes. Su expresión desconoce la amenaza. Tanto que Europa, tímida al comienzo, acerca sus flores a aquel cándido hocico. Como un cachorro, el toro gime de placer, se revuelca en la hierba, ofrece sus pequeños cuernos a las guirnaldas. La princesa se atreve a montársele en la grupa, a la amazona. Entonces, inesperadamente, la manada se desplaza del lecho seco del río a la playa. Con falsa indecisión, el toro se acerca al agua. Después es demasiado tarde: la bestia blanca ya embiste las olas con Europa a la grupa. Ella se vuelve hacia atrás: con la mano derecha se coge de un cuerno, con la otra se apoya en la bestia. El suave aire le hace temblar las ropas.”

Pero ¿cómo había comenzado todo? Europa, al alba, durmiendo en su aposento del primer piso del palacio real, había tenido un sueño extraño: se hallaba entre dos mujeres, una era Asia, la otra la tierra que tiene enfrente, y que carece de nombre. Las dos mujeres se peleaban violentamente por ella. Ambas la querían para sí. Asia le parecía a Europa una mujer de su país; la otra era para  ella una absoluta extrajera. Y la extranjera, al final, la arrastraba con manos poderosas. Por voluntad de Zeus, decía: Europa sería una joven asiática raptada por una extranjera. El sueño era clarísimo, como una escena diurna. Europa se despertó asustada y permaneció largo rato sentada en la cama, en silencio. Luego, como siempre, salió con sus compañeras. En la desembocadura del río, entre las rosas y el batir de las olas, Europa se paseaba con su cesta de oro.

En el prado apareció un toro de color rubio, con un círculo blanco en la frente. Desprendía un perfume que apagaba el de las flores. Se paró ante Europa y le lamió el cuello. Ella le acariciaba, y mientras tanto secaba la espuma que manaba en abundancia de la boca del animal. El  toro se arrodilló ante ella y le ofreció la grupa. Y, en cuanto ella hubo subido, saltó hacia el mar. Europa, aterrorizada, miraba hacia la playa, llamaba a sus compañeras tendiendo un brazo en el vacío. Después, ya en medio de las olas, con una mano se agarraba al gran cuerno y con la otra mantenía alzado y ceñido al pecho el borde del peplo. Y, a sus espaldas, el peplo se había hinchado con una verla púrpura.

 

Pero ¿cómo había comenzado todo? Europa paseaba con sus compañeras, llevando en la mano su espléndida cesta de oro. La había forjado Hefesto, dos generaciones antes, para regalársela a Libia. Y Libia se la había regalado a su hija Telefasa, que se la había regalado a su hija Europa. Era el talismán de la estirpe. Repujada en oro, se reconocía en ella una ternera errante, que parecía nadar en un mar de esmalte. Dos hombres misteriosos, de pie en la orilla, contemplaba la escena. Había también un Zeus de oro, que rozaba con la mano la ternera de bronce. Al fondo, un Nilo de plata. Aquella ternera era Io, tatarabuela de Europa.

También la suya había sido una historia de metamorfosis y rapto. Torturada por un tábano, en perpetuo vagabundeo angustioso, había recorrido todos los mares. A uno de ellos, cerca de Italia, había dado incluso su nombre. El amor de Zeus le había impuesto locura y maldición. Todo había comenzado con unos extraños sueños, cuando Io era sacerdotisa en el Heraion contiguo de Argos, el más antiguo de los santuarios, el lugar que daba la medida del tiempo: durante generaciones los griegos contaron los años refiriéndose a la sucesión de las sacerdotisas en el Heraion. Los sueños susurraban del amor ardiente de Zeus por ella, y le aconsejaban que fuese a los prados de Lerna, donde pastaban los bueyes y los carneros de su padre. Ya no sacerdotisa consagrada a la diosa, sino bestia consagrada al dios, como las que erraban libremente en los recintos del santuario: así la querían los sueños. Y en eso se convirtió. Pero el santuario se ensanchó un día al mundo entero, a sus mares inmensos, que vadearía incesantemente, siempre aguijoneada por el horrendo tábano. Y cuanto más vasto era el horizonte, más aguda la persecución. Cuando llegó junto a otro torturado, Prometeo, deseaba sobre todo morir, y aún no sabía que se encontraba ante un ser sufriente como ella sin esperanza de muerte. Pero, al igual que para Prometeo, también para ella llegaría el final de la obsesión. Un día, al arribar a Egipto, Zeus la rozaría con su mano. Entonces la ternera loca volvió a ser una muchacha y se unió al dios. En memoria de ese instante llamó a su hijo Épafo, que quiere decir leve toque de una mano. Épafo se convirtió después en rey de Egipto, y se decía que era el buey Apis.

Descendiendo hacia los prados floridos, cerca del mar, Europa sostenía en la mano, grabado en nobles metales, su destino. Al igual que en la música, su melodía era la contraria de la de su antepasada Io. Un toro la raptaría de Asia hacia aquella tierra que se llamaría Europa, como años antes el desesperado vagabundeo marino de una ternera que había padecido en tierra griega había terminado en Egipto, al leve toque de la mano de Zeus. Y un día llegaría de regalo a la joven Europa una cesta de oro. La sostenía en la mano, distraída.

 

Pero ¿cómo había comenzado todo? Si se prefiere una historia, es la historia de la discordia. Y la discordia nace del rapto de una doncella, o del sacrificio de una doncella. Y uno lleva continuamente al otro. Fueron los “lobos mercaderes” desembarcados de Fenicia quienes raptaron en Argos la tauropárthenos, la “virgen dedicada al toro”, llamada Io. Como un mensaje de los montes, esto encendió la hoguera del odio entre los dos continentes. A partir de entonces Europa y Asia luchan golpe tras golpe. Así los cretenses, “jabalíes de Ida”, le arrebataron a Asia a la joven Europa. Regresaron a su patria en una nave con forma de toro. Y ofrecieron a Europa como esposa a su rey Asterio. Ese mismo nombre celestial sería también uno de los nombres de un nieto de Europa: aquel joven con cabeza de toro que vivía en el centro del laberinto, en espera de las víctimas. Más frecuentemente le llamaron Minotauro.

Pero ¿cómo había comenzado todo?….

Las bodas de Cadmo y Harmonía. Roberto Calasso.

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