Ulises. Tennyson

 

Siempre resulta interesante las miradas que poetas y artistas imprimen sobre un personaje clásico; aquí tenemos un poema sobre el que es, a mi gusto, el más grande héroe épico, Ulises.

Vale la pena seguir la reflexión de Tennyson sobre la disyuntiva entre terminar una vida de viajes y aprendizajes quedando anclado a una vida sedentaria o rematarla con la inercia que llevaba el de Ítaca, aprovechando cada experiencia para aprender (aunque con menos vigor, con las mismas ganas de gastarse la vida siendo lo que uno es).

Alfred Tennyson fue un poeta inglés que vivió en los inicios del siglo XIX; tal vez después de La carga de la brigada ligera este sea su mejor poema.



Ulises


 De nada sirve que viva como un rey inútil
 junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,
 el consorte de una anciana, inventando y decidiendo
 leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,
 que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy.
 No encuentro descanso al no viajar; quiero beber
 la vida hasta las heces. Siempre he gozado
 mucho, he sufrido mucho, con quienes
 me amaban o en soledad; en la costa y cuando
 con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia
 irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso;
 pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento,
 he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres
 y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos,
 no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas;
 y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,
 allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya.
 Formo parte de todo lo que he visto;
 y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual
 se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye
 una y otra vez cuando avanzo.
 ¡Qué fastidio es detenerse, terminar,
 oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!
 Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra
 sería del todo insuficiente, y de la única que tengo
 me queda poco; pero cada hora me rescata
 del silencio eterno, añade algo,
 trae algo nuevo; y sería despreciable
 guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles,
 y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo
 de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae,
 más allá del límite más extremo del pensamiento humano.


Éste es mi hijo, mi propio Telémaco,
 a quien dejo el cetro y esta isla.
 Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar
 en esta labor, para civilizar con prudente pacienciaUnknown.jpeg
 a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente
 a que se sometan a lo que es útil y bueno.
 Es del todo impecable, dedicado completamente
 a los intereses comunes, y se puede confiar

en que sea compasivo y cumpla los ritos
 con que se adora a los dioses tutelares
 cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío.

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;
 allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros,
 almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí,
 y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida
 tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos
 con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido.

La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.
 La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,
 alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,
 no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.
 Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:
 el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos
 lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos.
 No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
 Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos
 los resonantes survos, pues me propongo
 navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan
 todos los astros del occidente, hasta que muera.
 Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
 es posible que demos con las Islas Venturosas,
 y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.
 A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar
 de que no tenemos ahora el vigor que antaño
 movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:
 un espíritu ecuánime de corazones heroicos,
 debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida
 a combatir, buscar, encontrar y no ceder.

Traducción: Randolph D. Pope 

 

 


 

 

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